Erase una vez, una ciudad imaginaria con una familia imaginaria... La familia tiene servicio telefónico que paga puntualmente, cuenta con luz eléctrica cuya cuenta se cubre antes de que el recibo venza, liquida en su momento sus servicios de agua potable, tele por cable y gas. La familia no es rica, pero vive de manera decorosa y de acuerdo a sus ingresos. No tienen crédito en grandes almacenes, y si compran a plazos, pagan religiosamente. Una familia imaginaria que merece respeto
Pero en la casa donde viven, vivió otra persona imaginaria, una persona que contaba con tarjeta de crédito. La persona imaginaria se había mudado a una nueva dirección, pero tenía un defecto, era muy distraída y olvidó avisar al banco imaginario su nueva dirección. Esta persona imaginaria era una buena persona, solo que no esperaba que la ciudad imaginaria fuera afectada por una crisis financiera imaginaria, así que le era difícil pagar su deuda no tan imaginaria.
El banco imaginario, en vez de limitar el crédito de la persona imaginaria, le abrió una mayor línea de crédito imaginario para que siguiera comprando, pero la crisis imaginaria se recrudecía, y los intereses imaginarios se acumulaban generándose unos sobre otros.
Llegó un momento en que la deuda imaginaria era impagable, por lo que decidieron cobrar su dinero, pero ¡Sorpresa! El hombre imaginario no vivía más en esa casa, así que decidieron llamar al numero de la casa imaginaria, y lo hicieron una vez, dos veces, tres veces diez veces...
Llamaron y llamaron y siguieron llamando sin importarles que el hombre imaginario no viviera ahí mas. Llamaron a las 6 am, llamaron a las 7 am, llamaron a la media noche. Fueron insultados, rechazados, recriminados... Se les ordenó, exigió, suplicó, rogó, pero ellos siguieron hablando, y lo seguirán haciendo. Ese banco imaginario podría ser merecedor de nuestra lástima, porque al fin y al cabo es su dinero imaginario, pero en realidad ellos tienen la culpa, pues incitaron al hombre imaginario a gastar y gastar, entonces, para que se quejan??? Ese tipo de personas merecen que se le mire con desprecio, pues ellos mismos crean sus problemas y luego acosan a gente que ni la debe ni la teme.
Y así termina nuestra historia imaginaria, lo que me hace decir, gracias a Dios, en la realidad no suceden estas cosas.